tarde de terror
Es una tarde de octubre, la niebla está baja e impide ver lo que hay a pocos metros. Ella sale de trabajar cuando la luna también ha salido. Camina por el barrio de casas bajas, de gritos por los bares, de la ropa tendida en las ventanas que dan a la calle. Es un barrio de los viejos, de esos en que las personas son muy mayores y los niños que se ven tienen un color de piel que le hace pensar que ellos no se disfrazan esta tarde, que quizás la noche del terror para ellos hayan sido ya muchas, también de recuerdos.
Ella camina por esas calles, las del barrio en el que está el cementerio. Se queda esperando al autobús, el que coge todos los días. La cartelera de la marquesina se lo dice: la noche del terror es hoy. Baja del autobús en el centro y camina por sus calles hasta la siguiente parada. Se cruza con gente maquillada, disfrazada, con gente también cansada. Las mira a todas, a todas las personas que esta noche de viernes también han salido a dar un paseo aunque haga frío, la niebla se cuele por las rejillas y pequeñas gotas de lluvia caigan de vez en cuando, las suficientes para mojarse, no las suficientes para sacar el paraguas.
A lo lejos, los pocos metros que la niebla permite, observa la figura de una persona que le da escalofríos. Camina acompañado de la mano de otra figura. Esos dedos entrelazados se sienten una puñalada. Esas formas que caminan acompasadas como solo lo hacen los cuerpos que han caminado mucho juntos, derecha, izquierda, derecha, izquierda. Sigue caminando y su mirada se encuentra con la mirada de él, que le da escalofríos. Se para, las normas sociales dicen que hay que saludar, pero no. Los dos cuerpos acompasados siguen caminando por su lado, como si ella no estuviera y solo hubiese visto un fantasma.

